Mujeres de Venezuela, Chile y Guyana muestran la capacidad de las comunidades de superar los impactos del cambio climático, la degradación ambiental y la presión sobre los recursos naturales, restaurando, adaptándose y reconstruyendo
En América Latina y el Caribe, la tierra es alimento, memoria, identidad y futuro. La región alberga casi el 60 % de la biodiversidad terrestre del planeta, el 46 % de los bosques tropicales y un tercio del total de agua dulce disponible. Pero esa riqueza hoy está amenazada: un tercio de las tierras cultivables está degradada y la mitad de los suelos productivos enfrenta erosión. En este equilibrio frágil, la salud de los ecosistemas define también la de quienes dependen de ellos.
Historias como las de Alejandra en la Gran Sabana venezolana, la de Gloria en el sur de Chile y la de Niskisha en las tierras minadas de Guyana, reflejan los impactos del cambio climático, la degradación ambiental y la presión sobre los recursos naturales.
A través de iniciativas impulsadas por la Organización de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) junto a gobiernos, comunidades y socios, la restauración de suelos, bosques y biodiversidad se convierte en una oportunidad para recuperar medios de vida, fortalecer culturas y proteger el futuro, demostrando que sanar la tierra no es solo una tarea ambiental: es un acto profundamente humano. Por eso, el llamado del Día Internacional de la Madre Tierra es a restaurar los ecosistemas para vivir en armonía con la naturaleza y construir un desarrollo que funcione tanto para las personas como para el planeta.
Del linaje de los caciques a la sanación de la Gran Sabana venezolana
En la comunidad de Santa Cruz de Mapaurí, en la Gran Sabana venezolana, vive Alejandra Loyola, enfermera y heredera de un linaje de caciques del pueblo indígena Pemón. Su vida transcurre entre el cuidado de la salud y la defensa de su territorio, hoy amenazado por los efectos de la minería, los incendios forestales y la pérdida progresiva de identidad cultural en uno de los ecosistemas más frágiles de la región.
Desde el Consejo de Sabias y Sabios, Alejandra impulsa espacios donde niños, niñas y jóvenes escuchan la memoria de su pueblo. Para ella, preservar la cultura es también una forma de proteger la tierra. Sin embargo, la presión sobre los suelos —de por sí vulnerables— ha acelerado la degradación, afectando tanto la biodiversidad como los medios de vida de la comunidad.
Frente a esta realidad, el proyecto “Conservación y uso sustentable de la diversidad biológica en la cuenca del río Caroní”, ejecutado por el Ministerio del Poder Popular para el Ecosocialismo, con asistencia técnica de la FAO y financiamiento del Fondo Mundial para el Medio Ambiente (GEF, en inglés), busca restaurar áreas degradadas, fortalecer capacidades locales y rescatar saberes ancestrales.
En Santa Cruz de Mapaurí, esto se traduce en viveros para restauración y sistemas agroforestales, restauración de especies nativas y la conformación de la Brigada Comunitaria Indígena para el Manejo Integrado del Fuego, una respuesta directa a uno de los mayores riesgos del territorio.
En la escuela de Mapaurí está uno de los tres “arboretum” que creó el proyecto en la zona. A él llevan, desde la profundidad del bosque a la comunidad, los árboles de mayor importancia cultural indígena (medicinales y alimenticios) para la producción de semillas. “Vemos que se están recuperando los frutos de la zona y hay más presencia de animales. El proyecto ha logrado integrar el conocimiento técnico con el respeto a los ‘árboles padres’”, afirma Alejandra.
Para ella, el impacto es profundo: no solo se trata de recuperar el bosque, sino de sanar el vínculo entre su pueblo y la naturaleza. Su trabajo como educadora y lideresa asegura que las nuevas generaciones crezcan con orgullo por su cultura y compromiso con su territorio.
Fotografía: Cortesía ©FAO / Gabriela Biasco

































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