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Agrava presión sobre agua, suelo y clima por desperdicio alimentario

Cheaf advierte que estándares comerciales, sobreinventario y hábitos de consumo mantienen invisible una de las crisis ambientales más corregibles

Cada alimento que termina en la basura arrastra una cadena invisible de recursos usados en su producción: agua utilizada para producirlo, suelo ocupado para cultivarlo, energía consumida para transportarlo y emisiones generadas a lo largo de todo el proceso. En el Día de la Tierra, el desperdicio alimentario se perfila como una de las crisis ambientales más extendidas e invisible; sin embargo, es una de las más viables de corregir.

La desconexión comienza en la percepción. De acuerdo con la Encuesta Regional sobre Percepción de Desperdicio de Alimentos 2025 de Cheaf, realizada en México, Chile y Argentina, 78 % de las personas considera que desperdicia menos comida que el promedio de su entorno, lo que revela una brecha entre lo que la mayoría cree desperdiciar y lo que realmente ocurre en los hogares.

Organismos internacionales estiman que 60 % del desperdicio alimentario mundial ocurre en los hogares, por encima del sector restaurantero y del comercio minorista. Es decir, una porción relevante del problema se decide en refrigeradores, despensas y hábitos cotidianos de compra, almacenamiento y consumo.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la producción de alimentos que no llega a consumirse involucra más de una cuarta parte de la superficie agrícola mundial, lo que refleja la presión estructural sobre el suelo cultivable. A ello se suma que la agricultura concentra cerca del 70 % de la extracción global de agua dulce, mientras que la pérdida y desperdicio de alimentos representa entre 8 % y 10 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.

Asimismo, cuando los residuos orgánicos llegan a rellenos sanitarios generan metano, uno de los gases con mayor potencial de calentamiento en el corto plazo.

El impacto alcanza también a la biodiversidad

La expansión agrícola y el cambio de uso de suelo continúan entre los principales motores de degradación de ecosistemas, por lo que producir alimentos que no serán consumidos implica una presión innecesaria sobre bosques, hábitats y especies. Cuando un alimento termina en la basura también se desperdicia el recurso utilizado para sembrarlo, procesarlo, refrigerarlo, transportarlo y comercializarlo.

En este contexto, el desperdicio alimentario comienza a replantearse no sólo como un problema doméstico, sino como una ineficiencia estructural con impacto económico y ambiental. Reducir excedentes permite disminuir presión sobre recursos sin necesidad de expandir producción.

“Durante años confundimos abundancia con eficiencia. El sistema premió anaqueles llenos y estándares perfectos, aunque eso implicaba descartar alimentos totalmente aprovechables. Reducir desperdicio también significa recuperar valor económico y aliviar presión sobre recursos naturales”, señala Braulio Valenzuela, Country Manager de Cheaf en México.

Especialistas advierten que cada merma incorpora costos de producción, transporte, almacenamiento, energía y mano de obra que ya fueron absorbidos, lo que impacta márgenes de empresas y precios al consumidor. En un entorno donde consumidores buscan optimizar su gasto y las empresas mejorar eficiencia operativa, reducir desperdicio dejó de ser sólo una bandera ambiental. Hoy también representa una decisión inteligente de negocio y una agenda pública con impacto inmediato.

Parte del problema responde, además, al llamado costo de la perfección. En cadenas comerciales, frutas, verduras y otros alimentos aptos para consumo pueden quedar fuera del mercado por ligeras variaciones de tamaño, apariencia, sobreinventario o ventanas de venta reducidas, pese a conservar calidad y valor nutricional.

Debemos planear compras, entender fechas de consumo, ordenar mejor el refrigerador y dar salida a alimentos aún utilizables. Pequeñas acciones pueden traducirse en menos desperdicio, menor gasto y un uso más inteligente de los recursos que ya empleó el planeta.

La solución no depende únicamente del consumidor, reconoce Valenzuela, requiere de mejores canales para redistribuir excedentes, alianzas entre empresas y ciudadanía, así como espacios que acerquen el problema de forma tangible.

Fotografía: Cortesía de Cheaf

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